Imagínate que tienes a una persona sentada frente a ti. Alguien importante. Tu mejor invitado.
¿Cómo la atenderías?
Seguramente la mirarías a la cara, guardarías silencio para escucharla, intentarías conocerla y prestarías atención a lo que necesita. Si estuviera cansada, herida o preocupada, no encenderías la televisión para ignorarla. No llenarías cada silencio con ruido. No la subirías al coche para poner música inmediatamente y evitar cualquier conversación. Tampoco pasarías todo el tiempo mirando el teléfono mientras intenta contarte cómo se siente.
La cuidarías. La respetarías. Le harías caso.
Ahora imagina que esa persona que tienes delante eres tú.
¿Qué tipo de relación mantienes contigo? ¿Te escuchas? ¿Te miras? ¿Te preguntas cómo estás y esperas realmente la respuesta? ¿Conoces lo que necesitas, lo que te hace bien, lo que te hiere, lo que te ilusiona y aquello que ya no puedes seguir sosteniendo? ¿O llenas cada espacio de televisión, música, trabajo, móvil, obligaciones y personas para evitar encontrarte contigo?
No puedes tener una buena relación con alguien a quien nunca escuchas, aunque ese alguien seas tú.
Eso es, en gran medida, la autoestima: la relación que mantienes contigo mismo.
No se reduce a gustarte físicamente, reconocer tus cualidades o repetirte frases positivas frente al espejo. La autoestima se construye en la forma en que te hablas, en el respeto que das a tus necesidades, en las decisiones que tomas, en los límites que estableces y en el tiempo que inviertes en conocerte. Está presente en aquello que permites, en lo que eliges y también en todo lo que haces contigo cuando nadie te ve.
Desde que naces hasta que mueres, tú eres la única persona que estará presente en cada instante de tu vida. Otras personas llegarán, algunas permanecerán durante muchos años y otras se marcharán. Incluso las relaciones más importantes —familiares, parejas, amistades— ocuparán solo una parte de tu recorrido. Pero tú estarás contigo en todos tus comienzos, pérdidas, errores, éxitos, dudas y transformaciones.
Ninguna relación será tan duradera ni tendrá tanta influencia sobre tu vida.
La manera en que te tratas afecta a tu ánimo, tu salud, tus relaciones, tu forma de trabajar, el uso que haces del tiempo, las oportunidades que aceptas o rechazas y la vida que crees merecer. Influye en si te atreves, si te escondes, si te proteges, si te abandonas o si permaneces demasiado tiempo en lugares que te hacen daño.
Pero la autoestima no se descubre únicamente cuando las cosas van bien. Se revela, sobre todo, en los momentos difíciles.
¿Cómo te hablas cuando fallas? ¿Qué haces contigo cuando te equivocas, cuando no consigues lo que esperabas, cuando estás herido o cuando todo parece hundirse a tus pies? ¿Te insultas, te desprecias y te recuerdas cada fracaso? ¿Te exiges reaccionar rápidamente? ¿Te comparas con quien parece estar mejor? ¿O eres capaz de acompañarte con la misma comprensión con la que cuidarías a alguien que amas?
Es fácil tratarte bien cuando estás fuerte, satisfecho y orgulloso de ti. Aunque, para algunas personas, ni siquiera entonces resulta sencillo. Pero la verdadera autoestima se demuestra cuando no estás en tu mejor momento: cuando puedes sostenerte sin humillarte, corregirte sin destruirte y reconocer tu responsabilidad sin convertirla en castigo.
Compasión, amabilidad, comprensión y respeto en las palabras que te diriges: eso también es autoestima.
La compasión no consiste en justificarlo todo ni en evitar la responsabilidad. Consiste en comprender tu humanidad mientras reparas, aprendes y vuelves a intentarlo. Puedes reconocer un error sin convertirte en un error. Puedes aceptar que has fallado sin concluir que eres un fracaso. Puedes exigirte un cambio sin maltratarte para conseguirlo.
La relación que tienes contigo comenzó a construirse mucho antes de que pudieras elegirla. Tu familia, la educación, la sociedad y las experiencias vividas fueron enseñándote quién debías ser, qué partes de ti eran aceptables y cuáles convenía esconder. De ahí surgió tu autoconcepto: la historia que aprendiste a contar sobre ti.
Pero esa historia no tiene por qué ser definitiva.
En la vida adulta puedes conocerte de nuevo, revisar lo aprendido y reeducarte desde la libertad. Puedes conservar aquello que te ayudó, cuestionar lo que te dañó y sembrar conscientemente lo que quieres desarrollar. Puedes dejar de vivir según la persona que otros esperaban y acercarte, con responsabilidad, a quien eres de forma auténtica.
Trabajar la autoestima es invertir en esa relación. Dedicarte tiempo. Escucharte sin huir. Aprender a cuidarte sin abandonarte y a dirigirte hacia la vida que quieres construir.
La autoestima es aprender a convertirte en un lugar seguro para ti.
Porque cuando todo lo demás cambie, cuando alguien se marche, cuando te equivoques o la vida no salga como esperabas, seguirás estando tú.
La pregunta es: ¿cómo quieres encontrarte?